CURSO DE LA MEMORIA
17 DE ABRIL DE 2009 |
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Desde el año pasado estamos organizando un curso de la Memoria con la colaboración de la concejalía de Asustos Sociales. Es un grupo de nuestros mayores que se reunen semanalmente y que nos llenan de orgullo a todos nosotros.
Desde esta página web, nos han pedido y cedemos con gusto y entusiasmo, este pequeño rincón para que ellos compartan con todos nosotro sus maravillosas experiencias:
Dejamos aquí mismo varios relatos que nos han hecho llegar. Enhorabuena a todos ellos y a su monitora.
En este taller, al principio nos reuníamos unas personas ya no jóvenes, con un interés común: ejercitar la memoria, estimular la actividad mental. Pero, rápidamente, nos convertimos en un grupo dinámico y jovial, en unos amigos que se reúnen una tarde a la semana. Y cada viernes compartimos merienda. Y cada viernes, compartimos algo mucho más importante: vivencias actuales y pasadas.
Vivencias que ponemos por escrito o las contamos en voz alta, sabiendo que los demás nos escuchan y comprenden. Experiencias, pequeñas y grandes historias, como la que nos contó Pedro, hablando de la radio: “La primera radio que hubo en mi familia era una radio a galena. Tenía una antena muy larga. Estos aparatos los hacían los electricistas. Escuchábamos a Carrillo y a La Pasionaria en Radio Pirenaica. Después de la guerra, la radio nos hacía pasar ratos agradables y alegres, a pesar de los duros trabajos que teníamos”.
O la de Mercedes, hablando de su primer maestro : “Nosotros, en San Andrés, no teníamos maestro. Nadie quería ir a trabajar allí porque estaba lejos y no había luz eléctrica ni carretera. Llegaron a la aldea dos “escapados” catalanes y mi padre, viendo que eran personas cultas, les pidió que uno de ellos se quedara en la aldea como maestro a cambio de la comida y algo de dinero. Uno de ellos aceptó. Cada semana comía en una casa. Recuerdo especialmente un día de Nochebuena en la que le tocó comer en la mía: se enfadó tanto al ver que no había nada especial para esa noche, que se puso a gritar y yo, asustada, corrí a buscar a mi abuelo que vivía en la casa de enfrente (mi padre estaba trabajando en Cartagena). Creí que se había enfadado con nosotros, pero luego comprendí que no era así, porque se puso a hablar, todavía muy enfadado, de las diferencias entre ricos y pobres y de que otros niños, en una noche como esa, tenían turrones, juguetes . . .”
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. . . Y llegó el Carnaval. Lo celebramos ¿cómo no? con los dulces típicos de esa fecha.
Recordamos los tiempos en los que nos disfrazábamos con ropa vieja e íbamos por las casas pidiendo “freixós”, torrijas. . .
Mª José nos trajo a la memoria las caretas y la amistad entre vecinos: “Yo vivía en las viviendas sindicales de Santa Marina y recuerdo que mis vecinas se reunían en una casa y, entre todas, hacían “freixós” y llenaban cestas enormes con orejas, que luego se repartían. Aquella cocina era una fiesta, todas trabajaban alegres, incansables. . . Recuerdo también que poníamos caretas de papel o cartulina fina; tenían una goma tan delgada que al poco tiempo se nos rompía".
Fina nos cuenta: “Nosotros teníamos una taberna-tienda de ultramarinos y mi padre organizaba cada año un baile de disfraces. No podía hacerlo sin comunicárselo a la Guardia Civil, que mandaba una pareja para vigilar a los asistentes. Un año, mi hermana convenció a uno de los guardias, que era muy joven, para que se disfrazara y sacara a bailar a las chicas. Éste intentó sobrepasarse con una de ellas y recibió una gran bofetada. ¡Una bofetada a un número de la Guardia Civil!”
Estamos en marzo, y como este invierno fue un poco más frío que los últimos, tocamos el tema de los inviernos y el frío.
Isolina nos habla de algo que ocurrió en su aldea y que le produjo tal impresión, que nunca pudo olvidarlo: “Cuando yo tenía siete años, en abril de 1941, y en un día de sol espléndido, el cielo se oscureció repentinamente y se desató una gran tormenta: rayos, truenos, lluvia muy fuerte. . . Un rayo mató a una vaca, a dos hombres y, a un tercero, lo tuvieron que llevar en un carro hasta su casa y luego enterrarlo en la bodega hasta el cuello, para quitarle la corriente que le produjo el rayo”.
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